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LA LECTURA COMO HERRAMIENTA PARA LA RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS

5 junio, 2024

El ser humano ha leído desde el comienzo de los tiempos. Incluso, por increíble que parezca, ya lo hacíamos cuando éramos más parecidos a un simio bípedo que a otra cosa. Y es que nuestros ancestros, pero también las especies humanas que nos precedieron, tuvieron que aprender muy pronto a leer. Y tampoco exagero si digo que leer nos salvó la vida. Obviamente, y aquí está la trampa, no se trataba de libros o de palabras escritas, sino de señales. Eso sí, señales que, para sobrevivir, debían aprender a interpretar: el rastro de la pieza que se pretendía cobrar, las huellas de los depredadores, las nubes, los cambios de tiempo, el color de las plantas, el olor de la tierra… Y fue así, como hicimos de estas primeras lecturas una herramienta para la supervivencia. Mucho, pero mucho después, bajo la tenue y oscilante llama de las lámparas de pezuña de ciervo alimentadas por grasa, nuestros antepasados cubrieron las paredes de la roca con figuras de animales y con complejos signos que, evidentemente, transmitían un mensaje, pero cuyo significado, al carecer de las claves necesarias, se ha perdido para siempre. 

Todavía tendrían que pasar milenios para que naciese la escritura tal y como la entendemos. Aquello ocurrió en Mesopotamia, durante el Neolítico, y su origen no fue otro que el de contabilizar impuestos. Pero además, por aquel entonces los sistemas de escritura eran tan complejos que requerían toda una vida de estudio para ser descifrados y reproducidos. Sin embargo, el poder que implicaba dibujar los sonidos era tal, que su aprendizaje estaba reservado a un puñado de hombres e, incluso, revelar sus secretos podía ser castigado con la muerte. Y es que las herramientas que proporciona la lectura siempre han sido sinónimo de poder. Harán falta un par de milenios más para que unos intrépidos navegantes llamados fenicios, simplificasen el asunto lo suficiente como para hacerlo mucho más accesible. Fueron estos astutos comerciantes del País de las palmeras los que, para entenderse en cada uno de los puertos en los que recalaban, inventaron el alfabeto: un conjunto de veintidós signos cuya combinación podía reproducir cualquier sonido humano. Y los griegos, viendo su utilidad, no tardaron en copiarlo introduciendo las vocales para adaptarlo a su lengua; luego le llegó el turno a Roma, que añadió un par de letras más. Y ese fue uno de los más grandes legados que nos dejó Imperio. Pero incluso entonces, pese a los inmensos avances culturales del periodo clásico, más del ochenta por ciento de la población continuó siendo ágrafa. Tuvo que pasar demasiado tiempo para que los gobernantes entendiesen que era la democratización de la escritura y, con ella la de la lectura y el conocimiento, lo que hacía avanzar a los pueblos. Fue así como comenzaron a proliferar las ideas grabadas en la piedra, garabateadas con cálamos en los pliegues del papiro o fijadas con afiladas plumas a la piel de los pergaminos. El papel tardaría en llegar, más aún la imprenta, pero con ella, los libros -que dejaron de copiarse a mano-, se hicieron más baratos y accesibles, y todo cambió para siempre. Algo así como con internet, pero en el siglo XV.

Resulta curioso cómo en el mundo antiguo la lectura no era el acto mudo al que estamos acostumbrados, sino que se creía que todo texto escrito necesitaba de una voz para alcanzar su plenitud. Por ello, hacer sonoras las letras tenía un efecto inquietante, casi mágico. Y aunque razón nos les faltase, leer es un ejercicio mucho más profundo que el de poner sonido a los signos escritos.

Este primer paso, aunque importante, sólo es el comienzo. Con el tiempo la lectura nos ofrece el don de desentrañar el sentido más profundo de los misterios del texto y, de este modo, penetrar en mundo de las ideas y conversar con las grandes mentes del pasado. Porque el libro, además de entretener, enseña. Y esto resulta fundamental, ya que los seres humanos solemos llamar nuevo a lo que, en realidad, hemos olvidado. Y sin embargo, todo ha estado ahí desde el principio: las respuestas, las grandes soluciones, los grandes desastres, los errores y, en definitiva, la esencia del ser humano en lo más profundo de su miseria y en la mayor de sus glorias. Pero además de conocimiento, leer también dota de herramientas. Y, sin duda, este es el mejor de los premios para quien ha hecho de la lectura un hábito de vida.


Precisamente, el último de los libros que hemos leído en nuestro Club de lectura, El problema final, es el perfecto ejemplo de lo que intento transmitir. El protagonista, el actor Basil Rathbone que se ve atrapado en una pequeña isla griega a causa de un temporal,  es el encargado de intentar desvelar el misterio que se esconde tras una serie de asesinatos. El mal tiempo impide la llegada de las autoridades, así que todos los huéspedes del pequeño hotel en el que se aloja deciden que el hombre que tantas veces encarnó a Sherlock Holmes en la pantalla, se encargue de investigar los crímenes. Es cierto que sólo es un actor, pero es un actor de método que ha preparado a conciencia cada uno de sus papeles empapándose de las aventuras del detective de Baker Street. Y gracias a su conocimiento de la obra de Doyle, al método que le proporciona Holmes y a su increíble sagacidad y agudeza, será capaz de ver lo que a otros les está velado. Porque, de alguna manera, todo está en los libros, y él los ha leído. Es este un claro ejemplo de cómo, aprendiendo a “leer entre líneas”, la literatura puede adelantar a nuestros alumnos muchas de las vivencias que el futuro les depara. También en los libros encontrarán los consejos a seguir, los analgésicos para soportar el dolor, las armas para combatir y los mecanismos para comprender. Y es aquí donde la escuela ocupa un lugar destacado como guardiana de todos esos miles de años de historias recogidos por la escritura. Desde hacer sonoras las primeras letras hasta hacer de ellas herramientas útiles más allá del ámbito académico.

Por eso, en el Colegio San Gabriel creemos que es imperativo convertir la lectura en un hábito desde una edad temprana. Y aunque lo hacemos a través de diversos medios y a lo largo de las distintas etapas, es sin duda nuestro Plan lector, que desarrolla múltiples y variadas iniciativas -como clubs de lectura, intercambio de libros, creación de rincones de lectura e, incluso, la interacción con diversos autores que han venido a compartir sus trabajos-, el principal vehículo con el que el Colegio San Gabriel acerca la literatura a sus alumnos. La labor es importante, tal vez más de lo que pueda parecer a simple vista, porque quienes hoy son niños -también los adultos-, necesitarán tarde o temprano de armas, recursos intelectuales y consuelo analgésico.

Un kit de supervivencia que encuentra en la literatura, y halla en la lectura, una herramienta educativa, eficaz e imprescindible. Y quizás así, tal y como una vez dijo Reverte, nuestros alumnos podrán «seguir pensando como griegos, pelear como troyanos y, cuando llegue el momento, morir como romanos».

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