Concurso de Microrrelatos San Gabriel 2024-2025. ¡Estos son nuestros ganadores!

El pasado 27 de febrero, durante la celebración del día de San Gabriel, se entregaron los premios del VII concurso de microrrelatos San Gabriel. Este curso, el tema elegido fue «La importancia del recuerdo», relacionándolo como no podía ser de otra manera con el proyecto interdisciplinar e internivelar del colegio “Coco”.

Con una participación récord, cerca de 80 relatos fueron presentados en diversas categorías, que incluyeron 5º y 6º de primaria, primer ciclo de secundaria, segundo ciclo de secundaria, bachillerato, así como grados, familias y exalumnos. Esta amplia participación no solo refleja el interés por la escritura, sino también el compromiso de toda la comunidad educativa. Cada relato mostró la diversidad de perspectivas sobre el tema y se lo puso muy difícil al jurado. 

La entrega de premios fue un momento muy esperado, lleno de emoción y alegría

Los ganadores fueron reconocidos por su creatividad y habilidad para transmitir la esencia del recuerdo en sus escritos. Fue un verdadero placer ver a los jóvenes escritores recibir sus premios.

Queremos expresar nuestro agradecimiento al colegio y al AMPA por su incondicional apoyo a esta iniciativa del departamento lingüístico. Sin su colaboración, este concurso no habría sido posible. También queremos felicitar a todos los que participaron.

Esperamos que este concurso continúe creciendo en los próximos años, inspirando a nuestros alumnos y familias a compartir sus historias. ¡De momento dejamos aquí los textos ganadores!

CATEGORÍA 5ºy 6º DE PRIMARIA

LA CANCIÓN DE BODA

Os voy a contar la historia de una persona a la que quiero mucho: mi abuelo.

Se llama Pepe y nació en 1945, sí , es un poco viejo pero yo lo recuerdo divertido. Jugábamos todos los días juntos a fútbol en el parque desde que yo me acuerdo, era el mejor portero del mundo. 

Después cogíamos un par de euros y nos íbamos a por chuches y pipas. a él no le gustaban con sal. Cuando yo tenía nueve años me dijeron que mi abuelo empezaba con una enfermedad que tiene un nombre muy raro: alzheimer, el alzheimer es no acordarse de la gente o de cosas. Poco a poco empezó a no poder jugar fútbol, no podía acompañarme a comprar chuches y no se acordaba de mi nombre ni el de mis papás, ni el de mi querida abuela que tanto lo quería.

Un día estuvo a punto de escaparse de casa por la noche y para que estuviera mejor cuidado, tuvieron que llevarlo a una residencia. Me dio mucha mucha pena y yo pensaba que no iba a superarlo. 

Le prometí que iría a verlo todos los domingos a la residencia y en una de esas visitas no sé como, pero sonó la canción que le cantaba a mi abuela y que fue su canción de boda. Sonrió, miró a mi abuela y dijo su nombre.

Mi yaya empezó a llorar y me dijo: – mira Pablo, ¡qué importante es un recuerdo!

Desde ese día todos los domingos cuando voy a verlo pongo su canción en el móvil y aunque ya no nombra a mi abuela, él siempre sonríe.

Pablo Mingote

CATEGORÍA PRIMER CICLO DE SECUNDARIA

LA CAJA

Mar vivía en una casa en el bosque. Le encantaba jugar allí, inventando mundos mágicos entre las rosas rojas. Un día, mientras hacía un hoyo, encontró una caja de madera. Era antigua, y tenía un candado.

Mar sintió curiosidad, e intentó abrirla con una ramita, pero el candado no se movía. Decepcionada, casi la dejó olvidada, pero algo en la textura gastada de la madera, la hizo pensarlo de nuevo.

Esa noche, mientras dormía, soñó con la caja. En el sueño, la caja se abría sola, revelando un pequeño pájaro. El pájaro cantaba una melodía suave. Al despertar, Mar recordaba demasiado el sueño, y la extraña sensación de que la caja contenía algo muy importante.

Mar regresó al bosque, decidida a abrir la caja. Recordó el sueño, la melodía del pájaro, y de repente, una idea le iluminó la mente. Buscó entre sus juguetes, y encontró una pequeña llave, una que pertenecía a un viejo cofre que ya no usaba.

Mar metió la llave en el candado. Giró con cuidado, y con un pequeño ruido, la caja se abrió. Dentro, no había un pájaro, pero sí una pequeña fotografía. Era una imagen de una mujer joven, sonriente, con ojos brillantes. Y junto a ella, una niña pequeña con una sonrisa igual.

Mar no reconocía a la mujer, pero la niña en la foto le resultaba familiar. Una brisa cálida, como el recuerdo de un abrazo cálido, la invadió. Miró la foto durante mucho tiempo, intentando pensar. Entonces, recordó el sueño, y comprendió.

La caja no era solo una caja vieja; era un recuerdo. Un recuerdo que ahora, gracias a su curiosidad, comenzaba a despertar. La caja, pequeña aparentemente, se convirtió en un tesoro invaluable, no era el objeto, sino la historia que contenía, a través del tiempo.

Marina Mauri

CATEGORÍA SEGUNDO CICLO DE SECUNDARIA

AÚN SIN LAZOS DE SANGRE

Te veo. Miro los coloridos pétalos de los campos de tulipanes de Holanda, y veo tu sonrisa más sincera.

Te siento. Noto las hojas de un sauce acariciándome la piel empujadas por la ligera brisa de viento, y siento tus cálidos brazos rodeándome en un abrazo.

Te oigo. Escucho el alegre canto de un zorzal en las mañanas, y oigo tu mágica voz capaz de contagiar tranquilidad con palabras que solo tu sabes pronunciar.

Te huelo. Inhalo la suave fragancia de una gardenia, y huelo la esencia de tu perfume que aún después de tu partida, no se ha disipado.

Tu presencia aún perdura, pues aunque no te pueda ver, noto como nuestro hogar no abandonas. Todo lo que hiciste por mi es una lista interminable e imposible de redactar.

Ahora ya es tarde, pero aún me queda una manera de compensarte, tal vez no lo puedas ver, pero al menos mi conciencia se queda tranquila. Gracias por cuidar de mi como nadie lo ha hecho nunca, gracias por regalarme tus sonrisas, gracias por abrazarme cada día, gracias por apoyarme sin ponerme nada en duda, gracias por escucharme cuando yo te lo pedía, y gracias por consolarme cuando mis lágrimas se resbalaban.

Mi única manera de compensarte por todos estos años, es recordandote.

Te doy gracias y te recuerdo, hoy, mañana, y siempre.

No dejaré que el ni el tiempo ni la enfermedad me hagan olvidarte, porque sería el error más grande.

Que mi amor y mi recuerdo perdure contigo, eternamente.

Paula Santaella

CATEGORÍA BACHILLER Y CICLOS FORMATIVOS

LA MUERTE DE QUIÉN FUISTE

Yo sé que todo dolor se pasa, pero, ¿Cuándo cesarán esas punzadas que sufre mi corazón por el dolor de saber que nada será como antes? Atravieso la misma esquina donde, antes, me esperabas y era todo bonito. Visitar tu casa es inundarme de tu esencia aún cuando ya no estás ahí. Antes me recogías de la escuela y pasábamos las tardes juntas, ahora me miras sin reconocerme.

Dejaste de ser tú y ya cualquier «te quiero» se siente vacío. Mi cumpleaños dejó de tener sentido desde que te olvidaste de él, y las cenas de Navidad me atormentan al ver tu silla vacía. Sí, estás entre nosotros pero no con nosotros. Tú alma se esfumó hace mucho.

En mi mente siempre serás la misma, pero yo en la tuya estaré hasta que el cerebro te lo permita. Y cuando ese día llegue, cuando dejes de saber quién soy, ya no sepas que me quieres y tus besos en la cabeza no se vuelvan a repetir, veré cómo la enfermedad salió victoriosa, que ya no habrá más “tú y yo contra el mundo” porque la batalla ya se perdió.

Primavera tras primavera te irás olvidando de nosotros, tu brillo se acabará y ya sólo te quedará reunirte con tu hijo, al que tanto le amaste y al mismo tiempo lloraste, al que acompañaste en sus primeros pasos y en su último suspiro.

Contigo aprendí que a cada persona la amas de una única manera, por eso no podré querer a alguien de la misma forma que a ti. Y al final del día todos acabamos siendo el recuerdo de la persona que más nos ha amado, por eso hay que tratar de ser uno bonito y no uno doloroso.

Mariví Gracia

CATEGORÍA FAMILIAS

LA IMPORTANCIA DEL RECUERDO

Como todas las tardes cuando voy a visitarle, Antonio me espera sentado en su silla con la mirada fija en el horizonte, los músculos del cuerpo en tensión y el gesto avizor, como el vigía de un antiguo ballenero, esperando ver el chorro de uno de esos gigantes del mar entre las olas para gritar con todas sus fuerzas: “¡por allá resopla!”.

Me siento a su lado y acerco mis manos a las suyas. Despacio. Comprobando si ese día puedo llegar a tocarle o me tengo que quedar a la prudente distancia de los centímetros justos para no invadir el espacio de seguridad que se ha ido creando a su alrededor.

Y empiezo a hablar. Y hablo, hablo y hablo. Siempre del pasado, porque del futuro, ni él ni yo sabemos nada aún…

A veces Antonio da un respingo, o tuerce ligeramente la comisura de la boca, o hace un ruidito que suena desde muy adentro, o me aprieta fuerte las manos hasta dejármelas blancas ahí donde él presiona. A veces veo una lágrima surcar su rostro como un pequeño reguero que discurre entre la tierra seca sin dejar más rastro que el de un caracol tras de sí.

Es en esos instantes cuando sé que nuestros mundos han vuelto a coincidir. Cuando sé que he rascado lo suficiente la maraña en la que se ha convertido su cerebro y he conseguido llegar a él. Cuando sé que he acertado en la nota que tocar para continuar con la canción que ha quedado inacabada.

A la hora de salir, me levanto despacio, acaricio su pelo, largo como siempre le gustó, le beso en la mejilla y vuelvo al presente. Al ruido. A la multitud. A la velocidad. A las luces brillantes. A lo inmediato.

Samuel Prol

CATEGORÍA EXALUMNOS

RECUERDOS LEJOS DE CASA

Cerré la maleta con una ligera sensación de tristeza. Mañana partía hacia aquello que había deseado desde niña: una nueva ciudad y una nueva vida, dejando atrás mi hogar, mi familia y las calles que me vieron crecer. Pero tenía un nudo en el pecho: ¿Y sí, con el tiempo, todo aquello me resultaba extraño? ¿Y si olvidaba partes de mi pasado?

Los primeros meses fueron un torbellino de descubrimientos: calles desconocidas en las que me perdía, voces con acentos distintos, olores que no me recordaban a casa. Pero, a pesar de la emoción de lo nuevo, la nostalgia siempre encontraba un resquicio por donde colarse.

En mi maleta, entre la ropa y los libros, llevaba un pequeño tesoro: recuerdos de papel y aroma. Unas galletas de mantequilla de mi abuela, ya deshechas, pero con el mismo olor a su casa. Fotografías de mis amigas, con dedicatorias en el reverso. Y una carta de mi madre, con palabras que, en la distancia, siempre eran un refugio. Cada objeto era un ancla, un refugio, un recuerdo.

Con el tiempo entendí algo que me reconfortó: no importaba cuán lejos estuviera, nunca me alejaría de mi casa. Esta, no era un sitio fijo, sino una colección de recuerdos y voces, y no eran las calles o los acentos lo que definían mi historia, sino los momentos que habitaban en mí.

Mientras avanzaba por esas calles que poco a poco dejaban de ser extrañas, supe que el hogar, como los recuerdos, no se pierde, se lleva dentro. El hogar no era un sitio fijo, eran los recuerdos, la risa de mi abuela un viernes por la noche, las tardes en una terraza, la calidez de una carta leída mil veces y cada abrazo y palabra que guardaba en mi memoria.

Julia Roca